Dejar salir al monstruo, un rato

Dejar salir al monstruo, a jugar un rato. Es bonito también verlo bailar.

No me siento víctima, no más que el resto, solo siento que debo dejarlo bailar, a ratos. Que salga todo, con fuerza, hasta que se canse y se quede de nuevo relajado.

No puedo negar su elegancia, su intensidad, vivacidad. No voy a aferrarme a él, pero  tampoco evitarlo, encerrarlo a la fuerza. Que si no sale en mucho tiempo sale descontrolado.

Juega un rato, no tengas prisa, no te guardes nada dentro. Hasta la próxima salida.

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A veces la odio. Odio a esa que a veces sale y no sabe cómo expresar. Como decir lo que quiere realmente, y que una mala jugada le hace transmitir exactamente lo contrario.

Cómo explicaros que es por el miedo. Que la indiferencia que en ocasiones os llega no es más que ganas locas de conoceros y pertenecer. Que las contradicciones que veis y os hacen alejaros no es más que una protección inconsciente. Que no soy yo, algo me posee y aparece otra, emergiendo del profundo miedo de quizás no conseguirlo. Aparece y me obliga a hacer lo contrario. Me obliga a perderos. Me obliga a traicionarme, a huir cuando más quiero quedarme.

Cómo explicaros que solo lo hago porque no sé qué más hacer. Que en mi hay algo más. Cómo hacerme entender a mí misma que lo que importa es cómo me siento, y no que veis los demás. Cómo lidiar con la necesidad de que te acepten, y la de quererte.

Cómo os cuento que a veces no soy yo, porque tengo miedo de verme, de escucharme, de no gustarme. Cómo hablaros de que a veces no soy yo porque no lo aguanto, porque no me lo permití durante demasiado tiempo y ahora, a veces, ni me encuentro. No sé dónde buscarme, me camuflo, me quedo en un eterno segundo plano.

Cuando más me necesito, más desaparezco, por el miedo mismo de fallarme. Porque siempre necesito más, y así más y más me alejo. De tanto pedirme me agoto. De tanto agotarme me falto. Y ella vuelve, siempre, con fuerza, cuando más débil me ve.

Lo siento, no soy yo, pero a veces no sé cómo serlo. No me atrevo y me culpo. Me escondo y ella hace todo el trabajo, dejándome bien cómoda en el oscuro y hondo pozo desde el que todo lo veo, pero poco puedo hacer.

Sé que esperas verme más, pero no me culpes, que no es fácil. Y más me duele a mí no reconocerme. No saber pararme. No saber sacarme, darme, expresarme. Que ya sé que esto es más que suficiente. Pero díselo a la niña, asustada y confundida, que no se lo cree.

Quiero mimarte sin condiciones y no necesitar mil razones para no dudar de ti. Quiero necesitar solo una, la misma, para confiar sin preguntas, sin miedo, sin fin. Quiero dármelo todo sin siquiera pensar un solo instante si es merecido, porque siempre lo es, de principio a fin. Quiero entender que no hay nada ya que demostrar, que aquello acabó y que merezco la vida entera.

Sé que no vemos lo mismo, y daría tanto por poder verme con vuestros ojos.

Pero desde aquí me temo y desde aquí me reto.

Cara a cara, solas tú y yo.

Hasta que me quiera como te quiero a ti. Hasta que seamos una, la una que hemos sido siempre. Vista desde aquí, con mis propios ojos, y creerme al fin.

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