La escultura

Existe un momento crucial, algo amargo pero a la vez liberador, al darte cuenta de que tienes ya la edad en la que pensabas que todo aquello quedaría atrás. Que serías diferente, mayor, sin todos aquellos problemas que arrastrabas.

Estás ya en esa edad simbólica que proyectabas cuando más te ahogabas, y te imaginabas ahí, mirando hacia atrás y recordándote joven, inexperta, sin saber salir de sus propias espirales.

Pero suele ocurrir que llegas a esa edad una y otra vez, y no eres tan distinta como pensabas. Has cambiado, claro, pero más despacio de lo que esperabas y no en lo más esencial, tus debilidades son básicamente las mismas.

Puede ser doloroso pero ahí estás, asumiendo que quizás no cambiamos tanto, eso que has oído tantas veces y esperabas que no fuera cierto en tu caso. Que es más difícil de lo que creíamos y que, en realidad, aprendes más a sobrellevarte y  que a cambiarte.

Quizás te ves y no te reconoces, pero más por cómo has aprendido a vivir con tus miedos y actuar a pesar de ellos, que porque los hayas eliminado. A expresar lo que nunca creías poder expresar, más que porque las emociones sean otras. A querer lo que antes te avergonzaba de ti, más que porque eso haya cambiado. Y eso ya aparece como un hito heroico hoy.

Tal vez esa inocente esperanza que albergamos al mirar hacia nuestro futuro hace que pongamos demasiada confianza en el simple paso del tiempo. Y no es que piense que debamos esforzarnos mucho más, quizás lo que hay que hacer es aceptar más y bajar las expectativas.

Aceptar que de donde partimos, nos acompañará en gran medida durante nuestra vida. Como una escultura que, al contrario que nuestro cuerpo en vida, empieza como una gran figura y se va moldeando para dejar salir a esa otra pequeña figura final. Nos esculpiremos desde ahí, hasta conseguir la forma deseada o hasta donde nos quedemos, siempre tardíos en los plazos.

El tiempo es limitado y las esperanzas siempre altas, y por mucho énfasis que le pongamos, es normal que nos demos a veces de bruces con la realidad.

Y de todas formas, cuando creemos lograrlo, esa escultura que aparece diferente y con otra forma que creemos totalmente nueva, está hecha de la misma piedra que la anterior. Estaba dentro, todo en esencia es lo mismo. Y no es nada malo. Solo nos falta aceptar más.

Que hagamos lo que hagamos con lo que tenemos, nunca podemos librarnos del núcleo, la materia prima. Y está bien, eso nos hace ser a cada una de nosotras diferentes y únicas. Mantener el material del que estamos hechas, por suerte, nos impide transformarnos en esa otra escultura soñada, que acabaría repitiéndose hasta la saciedad, hechas de una misma piedra que se deshace con la lluvia. Con el simple paso del tiempo.

No, por suerte no somos capaces de cambiar tanto como imaginábamos. Esta será la suerte que nos mantiene ser quienes somos y aportar algo totalmente diferente a la vida, y será la perdición de nunca poder más que soñar ser otra persona, obligándonos así siempre a ese estado del imaginar.

Quizás lo mejor es dejar de decidir lo que “hay que” hacer y confiar en el paso del tiempo como gran maestro y, como he oído bastante últimamente, la vida te va colocando en tu lugar. Ni muy alto ni muy bajo, en el tuyo. Tal vez finalmente consigamos valorarnos como lo que somos realmente, sin arrogancia ni inseguridades excesivas. Con el tiempo. Y aceptar que somos la mejor versión de lo que podíamos ser, sin saber cuánto se debe a nuestros esfuerzos y  cuánto al simple paso del tiempo y de la vida.

Y si lees esto, todavía nos queda algo de tiempo, en que mejor confiar sin exigir, pero tampoco dejar de soñar.

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